SEPTIEMBRE
2014
N°11

LA ACCIÓN HACE LAZO
Las Escuelas en América

¿Qué lugar para la acción lacaniana en el lazo social?
Ana Ruth Najles, Presidente de la EOL

A los psicoanalistas, que debemos poder responder al malestar de cultura de la época que nos toca vivir, se nos impone una pregunta respecto de ¿cómo leer la actualidad?, ¿cómo leer la modernidad ideológica? Se trata, en este caso, de interpretar el ascenso al cenit del significante "evaluación" y de las terapias que se corresponden con él, es decir, de las terapias cognitivo-comportamentales (TCC), subsidiarias de la ideología científica.

Podemos plantear[1] que esta época se caracteriza como la época en la que el "poder es la impotencia" y en la que el gobierno prescinde de la política, ya que se trata del gobierno por "peritaje colectivo" vale decir, anónimo. Como ya lo afirmaba Lacan, se trata de un llamado al padre –significante amo– que prepara el retorno de la autoridad en sus formas más terribles (vg. Totalitarismos).

Por otra parte, es evidente que la ficción reguladora en el orden social actual es la de la "libertad del consumidor" que se traduce por el matema del sujeto tachado, que "de verdad", está comandado por el amo. Estamos, entonces, frente al sujeto ubicado como falso amo en el falso discurso del capitalismo, falso discurso que deja al sujeto encerrado en el goce autoerótico que tapona la pregunta que le permitiría dirigirse al Otro y a los otros.

S tachado S2
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S1   a

Es por ello que se puede afirmar que las guerras de religión del siglo XXI son entre las religiones y la mercancía. Y por lo tanto, la división del sujeto se produce entre su espiritualidad y su materialismo.

Se trata, entonces, de encontrar el lugar para el psicoanálisis en un mundo configurado entre las TCC y la creencia renovada. Se evidencia que la operación de las TCC consiste en revertir el S1 producido por el discurso analítico en beneficio del discurso del amo, sin olvidar la alianza actual del amo con el saber –pseudo-científico. Esto da como resultado la burocracia en tanto una de las formas del discurso universitario, que se caracteriza por el hecho de que el saber –cuya verdad es el poder en decadencia del amo antiguo– ejerce su dominio sobre un elemento de goce, con el fin de ordenar y regular la sociedad anticipando su porvenir.

S2 a
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S1 // $

Es así como el dominio apunta a que ese elemento de goce, en exceso respecto del saber, se reduzca al $ –conjunto vacío– en tanto pura "variable de ajuste". Se trata en verdad de la "tiranía del saber".

Pero además, hay que tener en cuenta que esta decadencia del amo antiguo –el significante del Ideal– dio lugar al imperio del regimen del "No-Todo" cuya ley es: "no hay excepción", es decir, "todos iguales".

De manera que estamos –como lo indica Jacques-Alain Miller– ante un totalitarismo que no se totaliza, un totalitarismo serial que no cuenta con la seguridad que da el conjunto. Es por ello que se impone la sospecha generalizada y, también, la evaluación para todo como su consecuencia lógica.

Como lo afirma por su parte Jean-Claude Milner en su libro La política de las cosas el único objetivo de la evaluación es la "domesticación generalizada". Cuando se trata de evaluar a los seres hablantes en masa y en detalle, en cuerpo y alma, estamos ante una operación de control, que ataca el derecho al secreto, que es lo único que puede oponer resistencia al control.

De modo que: "La evaluación generalizada se apodera de todo lo existente para transformarlo en un vasto almacén de cosas evaluables. La doctrina que la sostiene... [es] la razón del más fuerte"[2].

Lo que explica la expansión de la evaluación es que ésta promete que las cosas podrán finalmente gobernar, sustituyendo a las miserables decisiones humanas, tal como fuera soñado en el siglo XIX.

El gobierno de las cosas ofrece grandes ventajas cuando lo que importa es imponer el silencio, ya que dispensa de toda política. (Recordemos aquí que ya Freud planteaba que gobernar es una de las profesiones imposibles.) Porque a los hombres políticos sólo les queda la misión de traducir en lenguaje humano las fuerzas no humanas. Es decir, que se espera de los políticos que sean pedagogos que convenzan a todos de que nadie puede cambiar nada jamás.

La evaluación es, entonces, un producto de la democracia moderna solidaria de la economía de mercado –regida por la tecnociencia– democracia que se caracteriza por no dar el gobierno a los hombres sino a las cosas. Esta "democracia verbal", como la denomina Milner –que sólo conserva el nombre de lo que hasta la Revolución francesa se conocía como democracia– pretende la "igualdad sustancial", ya que ése es el tipo de igualdad que conviene a las cosas.

Es por medio de la evaluación que los amos de la democracia verbal han podido establecer la igualdad sumergiendo a los seres hablantes en el espacio de lo medible y de lo sustituible. Por eso se puede afirmar que la evaluación instala la transformación de los hombres en cosas.

Podemos plantear que toma en este punto toda su dimensión la hipótesis de Lacan del año 1967 sobre el "niño generalizado" para dar cuenta de "lo que rubrica la entrada de un inmenso gentío en el camino de la segregación"[3].

Este camino de la segregación sólo puede ser leído como la pérdida del estatuto de ser hablante para caer en el estatuto de objeto de manipulación por parte del mercado;

objeto plus de goce homologable a cualquier objeto producido por la tecnología.

Lo que implica dejar al ser hablante sin palabra, sin responsabilidad.

De manera que todos, en cuanto consumidores, somos niños. Y esto es así porque la mayor identificación que se le propone al ser hablante en la actualidad es la identificación con el consumidor, el que, a su vez, termina siendo objeto de consumo del mercado.

"El niño generalizado", entonces, equivale a postular el mismo goce para todos.

De manera que la mentira que subyace al gobierno de las cosas es la pretensión de que las cosas hablan ya que, en los hechos, ellas se muestran en silencio.

Cuando se habla del gobierno de las cosas en verdad se trata del "gobierno de los voceros de las cosas". Es así como estos pretendidos voceros de las cosas sólo son voceros de sí mismos.

Los expertos actuales son los encargados de traducirles a los gobernantes los supuestos discursos de las cosas.

Si la evaluación es la pericia por excelencia es porque puede hacer pericias de todos los demás peritos. La fuerza de la evaluación reside, por lo tanto, en que como no tiene ningún contenido propio es en sí misma inevaluable.

He aquí la nueva definición del Ser Supremo: el que evalúa a todos y no podría ser evaluado a su vez.

"La evaluación eligió el peritaje; al hacerlo elige el control, y al elegir el control abandona el sufrimiento a su suerte"[4] ya que es eso lo que exige el gobierno de las cosas.

Es por todo lo anterior que la evaluación –pretendidamente científica–, subsidiaria de la política de las cosas, jamás podría emitir un juicio favorable sobre el psicoanálisis.

¿Por qué? Porque contra la ilusión filosófica –y no sólo la del pragmatismo– la práctica del psicoanálisis demuestra que los problemas de la vida no se disiparán jamás. Teniendo en cuenta que el problema de la vida es que no hay relación –ni entre las palabras y las cosas, ni entre hombres y mujeres–, sólo hay modos singulares de vida que en el psicoanálisis denominamos sinthome. Y el sinthome, desvestido del sentido objeta el lazo social, ya que se reduce al goce autístico, vale decir, a un modo de vida singular. Como nos enseña Lacan, lalengua –en tanto integral de equívocos en la que cada uno viene a caer o a sumergirse– hace del ser que la habita y que la hablará un enfermo, un discapacitado; es por ello que lalengua es el trauma para el ser hablante. En su seminario Le sinthome[5] Jacques Lacan propone hacer un uso lógico del síntoma, lo que supone su reducción a lo real sin ley, real que condensa el trauma de lalengua que se escribe como "acontecimiento del cuerpo". Esto quiere decir que se inscribe como marcas en el cuerpo en tanto las palabras marcan o recortan los cuerpos, o sea, dan cuerpo al ser hablante.

Para el psicoanálisis se trata de hacer uso de ese síntoma que le permite al neurótico vivir aunque sea incómodamente. Si se apela al psicoanálisis es para hacerlo menos incómodo, hasta llegar al punto de estar persuadido de que uno está feliz de vivir. En su Seminario 24, L'insu.....[6], Lacan plantea que con eso es suficiente.

Lacan plantea también que si bien el síntoma se reduce, siempre queda un relieve que da cuenta de que cada uno es sin par, y que su diferencia reside en ese resto opaco que queda como irreductible al semblante –al significante–. Ese resto es lo que le da a cada uno su valor, su diferencia absoluta, su nobleza. Como bien nos recuerda Miller, Lacan plantea que no hay sujeto sin sinthome.

Es así que en el contexto de la última enseñanza de Lacan la ciencia aparece como el

doble de la religión, en tanto ambas suponen un saber en lo real; a diferencia de la

perspectiva del psicoanálisis de la orientación lacaniana que plantea el sinthome como ese real totalmente disjunto del saber, es decir, un real exterior a lo simbólico con el que habrá que saber arreglárselas.

La política del psicoanálisis regida por el síntoma da cuenta de que siempre va a haber un resto que resiste a la evaluación "científica", resto que es la esperanza del psicoanálisis dado que es lo que pone límite y hace fracasar a la "política del control", es decir, a la "política de las cosas".

NOTAS

  1. Según los desarrollos de Jacques-Alain Miller en su curso de la Sección clínica de París 2004/05, "Pièces détachés", inédito.
  2. Milner, J.-C.: La politique des choses, Seuil, París, 2005.
  3. Lacan, J.: "Discurso de Clausura de las Jornadas sobre las psicosis en el niño", en: Analiticón Nro 3, Correo/Paradiso, Barcelona, 1987.
  4. Milner, J.-C.: La politique des choses, op. cit.
  5. Lacan, J.: Le seminaire, Livre XXIII, Le sinthome, Seuil, Paris, 2005.
  6. Lacan, J.: Seminario 24, "L'insu qui sait de l'une bevue...". Inedito.