SEPTIEMBRE
2014
N°11

LA NEL EN ACCIÓN
Psiquiatría

Acción lacaniana en un servicio de psiquiatría
Adriana Meza, NEL Maracay

En un hospital general el psiquiatra sostiene su práctica desde el discurso de la ciencia: DSM, TCC y medicación. Tanto en la consulta de emergencia como ambulatoria y en la interconsulta, el abordaje de los pacientes tiene como fin controlar la agitación de los cuerpos, diagnosticar y medicar. En este contexto la escucha del paciente no tiene otro lugar que la verificación de los criterios diagnósticos del DSM. Si el psiquiatra sostiene el dispositivo analítico, introduce, al menos dos, elementos heterogéneos en el campo de la ciencia: el enigma en el acto médico y la separación entre curar y medicar.

Mi experiencia como psicoanalista-psiquiatra en un Hospital general me permite constatar los efectos del acto analítico y plantearme varias interrogantes. El lugar de "psicoterapeuta" otorgado por parte de otros médicos a esta práctica de escucha, incluso por los que practican las TCCs. ¿Por qué el psicoanalista sería situado en este lugar y qué valor tiene esto? Podríamos pensar que la escucha analítica es situada como un espacio donde son referidos aquellos pacientes cuyo sufrimiento "no responde a la medicación" y por tanto pertenece a otra categoría: a la "necesidad de hablar". Las TCCs son percibidas en este medio como un tratamiento restringido a los "trastornos de conducta", por lo que un destino posible para el psicoanálisis sería el de acoger esos síntomas exigidos de la palabra, que como restos, no son absorbidos por el discurso de la ciencia.

¿Cuáles serían los alcances y limitaciones del acto analítico en el contexto de esta institución? ¿Cómo sostener la dimensión del sujeto y de la palabra donde es esperado el acto médico? ¿Cómo dar lugar al sujeto ante la agitación de los cuerpos? ¿Cómo responder a las demandas de medicación?

El analista solo puede hacer desde el caso por caso, por lo que desde la lógica de la cura buscará la ocasión para introducir la dimensión de la palabra y del sujeto en cualquiera de los actos.

Un caso atendido en la institución permite dar cuenta de estas maniobras del analista y de los efectos que tienen como experiencia para un sujeto.

Se trata de una mujer de 27 años con un diagnóstico de autismo desde su infancia. Es llevada a la consulta por sus padres presentando una crisis grave de agitación, agresividad, gritos y llanto. La madre refiere que no habla. Esta crisis viene presentándose de manera recurrente desde hace 2 años, momento en que el padre regresa a casa después de una separación de la madre que duró 10 años. La madre la llevó anteriormente a consultas sucesivas con varios especialistas, los cuales le indicaron fármacos que no lograban controlar las crisis.

 

Primer momento:

El primer día de consulta, al invitarla a entrar al área de los consultorios indica con gestos que no pasará sin sus padres. Accedo e invito a sus padres a pasar; pero una vez allí entra y sale del consultorio empujando y golpeando a los padres, especialmente a la madre. Introduzco aquí una condición: solo entra el padre. Ella acepta. En las siguientes sesiones entra con el padre y le pido a él que espere en el pasillo externo al consultorio. Allí permanecerá durante todo el recorrido de la paciente. Desde la primera sesión ella marca con su cuerpo una secuencia: entra y sale del consultorio caminando. La acompaño en estas "entradas y salidas", acogiendo esa secuencia como una producción. Ella no acepta inicialmente mi compañía, haciendo gestos de que me aparte. Insisto en mantener mi presencia en esa secuencia, quedándome cerca y siguiéndola a distancia, hablándole, mirándola. De tiempo en tiempo le propongo permanecer en el consultorio para conversar o ver materiales. Ella hace como que no existo. Cuando quiere irse, lo hace saber con gestos dirigidos a su padre. Leo ese gesto como dirigido a mí y le indico que termina la sesión. Esta secuencia se hace cada más ordenada y se apacigua su agitación. El padre informa que también está más tranquila en casa.

 

Segundo momento:

Este tiempo se inicia cuando acepta mi invitación a permanecer en el consultorio. Solicito a algunos pasantes de psicología que entren también, para intercambiar con ella. El objetivo: evitar la relación dual. Ella accede; pero verifica frecuentemente que su padre la espera en el pasillo. Le pido que "ayude" a ordenar objetos en el consultorio. Por ejemplo, cartas en una mesa, juguetes en una caja, etc. Accede y explora los objetos, observa y atiende a los estudiantes cuando le hablan. El final de este tiempo lo marca el hacer lazo con la analista: se despide con un gesto dirigido a mí, me comunica con gestos lo que quiere. Los padres me informan de sus avances en el lazo con los familiares.

 

Tercer momento:

En este tiempo se dedica a relatar hechos a través de gesticulaciones y con un esfuerzo de articular palabras. El principal tema de relato es su queja de la madre. Pongo en palabras lo que me dice, ella afirma y continúa "conversando". Ahora ya no solo se despide de mí sino también del personal del servicio. Por ahora continúa su recorrido.

Miller sitúa la acción lacaniana en el seminario Un esfuerzo de poesía, señalando lo que caracteriza la operación del psicoanálisis en lo social, desde Freud: "El psicoanálisis se ocupa de lo que tiene lugar de desecho en la vida pragmática y en la vida social"[1].

En esta experiencia del hospital, el psicoanalista se ocupa del tratamiento de estos síntomas-restos, de estos síntomas resistentes al medicamento, de estos síntomas "necesitados de palabra". Dar el nombre de psicoanálisis en lugar de psicoterapia a este tratamiento en el hospital sería el paso siguiente a dar, dentro de esta acción lacaniana.

NOTAS

  1. J.-A. Miller, Un esfuerzo de poesía, clase del 12/3/2003.