SEPTIEMBRE
2014
N°11

SECCION ESPECIAL
Las mujeres en América Latina

"Tapadas"
El semblante, la serie, y el no-toda
Patricia Tagle Barton, NEL-Lima

"Con saya y manto una limeña se parecía a otra,
como dos gotas de rocío o como dos violetas."
Ricardo Palma[1]

Ellas, "todas" vestían un traje que las caracterizaba: la saya y el manto. Lo vistieron fervientemente durante tres siglos, desde los inicios de la colonia hasta bastante entrada la era republicana. La saya era una falda plisada, de color verde, negro, azul o avellana. El manto, sujeto a la cintura bien ceñida, las envolvía en un halo de seducción; tapando su rostro, dejaba ver solamente un ojo. Seriadas, una igual a otra, in-distintas, sutiles.

Se presume que fue una herencia mora, signo de recato. ¿Cómo podría una mujer decente exponerse a las miradas sin pecar o incitar al pecado?

Lo cierto es que ellas hicieron del recato libertad; y a la vez hervidero de coquetería y transgresión; de misterio y enigma.

"Creo que se necesitan pocos esfuerzos de imaginación para comprender las consecuencias que resultan de un estado de disfraz continuo, consagrado por el tiempo y la costumbre y sancionado o al menos tolerado por las leyes.", escribía Flora Tristán.[2] Y agregaba:

"Así estas señoras van solas al teatro, a las corridas de toros, a las asambleas públicas, a los bailes, a los paseos, a las iglesias, a las visitas y son muy bien vistas en todas partes. Si encuentran algunas personas con quienes desean conversar les hablan, las dejan y son libres e independientes en medio de la multitud, aun más de lo que son los hombres con el rostro descubierto." [3]

Se cuenta también que se permitían intervenir en política, y que los extranjeros acudían a las iglesias no para rezar, sino para verlas en todo su esplendor, sus manitas tomando el rosario.

El poder político y eclesiástico no tardó en procurar darles coto, pretendiendo regular aquello que del goce femenino escapa a la ley, pues era evidente que estas mujeres hicieron de la prohibición moral su "ley", para subvertirla. En efecto, fueron muchos los intentos documentados por la historia de ponerlas "a derecho", sin éxito alguno. El del Virrey Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaro, en el S. XVII, por ejemplo; quien luego de fracasar en esa empresa escribió a su sucesor: "Y como que he visto que cada uno (de los maridos), no puede con la suya, he desconfiado de poder con tantas." [4]

Ni moda ni costumbre ese vestir, fruto del encuentro de dos mundos, que duró tres siglos. Lo cierto es que una vez asentada la República, las "tapadas" se desvanecieron. El uso de la saya que "brotó en Lima tan espontáneamente como los hongos en un jardín" [5]cesó tan repentinamente como vino, y las limeñas dejaron atrás la saya y el manto. No se usa más, y quizás solo sea asunto de estampa, como los bellos dibujos de Pancho Fierro; o de nostalgia, como canta el vals: "déjame que te cuente limeña, ahora que aún perfuma el recuerdo, ahora que aún se mece en un sueño" [*]

Signo evanescente de un litoral, siempre cambiante, móvil, vivo.

Siempre a inventar. Lo femenino, entre la saya y el manto.

Un resto, la sutileza.

Un recorte del cuerpo, el ojo.

Un objeto, la mirada.

Un fetiche, los pies pequeños y calzados en zapatitos de precioso raso: "menudo pie la lleva…"

Un savoir –y- faire, una por una

NOTAS

  1. PALMA, Ricardo. "La conspiración de la saya y el manto" en TRADICIONES PERUANAS.
  2. TRISTÁN, Flora. Peregrinaciones de una Paria. Lima, UNMSM, 2003, p. 496
  3. Ibídem, P. 496
  4. DEL AGUILA PERALTA, Alicia. Los velos y las pieles: cuerpo, género y reordenamiento social en el Perú. Lima IEP, 2003, p. 130
  5. PALMA, Ricardo. "La tradición de la saya y el manto", en TRADICIONES PERUANAS.

* Letra del vals "La flor de la canela" de Chabuca Granda http://www.youtube.com/watch?v=D_3TvqJNxNI
** Imagen: Acuarela de Pancho Fierro (Lima, 1809-1879).